lunes, 16 de marzo de 2020

¿Les cuento?

No se muy bien que hago acá, tal vez es que me gusta el sonido del tecleo en la computadora. La sensación de estar haciendo algo un poco más productivo que lo que hacía hace dos segundos atrás; o la sensación de estar contando algo que ya no se puede contener. Ojalá fuera algo la mitad de interesante o la mitad de bien elaborado pero creo que el resultado final va a distar bastante. Vivo con un diagnóstico de Esclerosis Múltiple, tan indeleble como negado desde hace 7 años. Me niego, me rehúso a dejar que me defina pero no puedo seguir viviendo entre la mitad de reconocerme en esa vida y en negarla. Cómo vivir con la permanente dualidad de un mundo que excluye a velocidades cada vez más veloces y que incluye ... ¿A veces incluye? Soy parte de espacios donde vivimos en la negación de esta realidad hasta que nos llega la tristeza de saber que por más que hicimos como que nada pasara, al final estábamos negando el elefante en la habitación. Termino enojándome con las personas que me apoyan porque siento que sus palabras son sólo eso, palabras, pero tampoco puedo pedirles más, no? Me embolan y me enferman los buenos deseos, que al final con eso, no hago nada. Pero la lucha ¿Es individual o colectiva? Creo que la terrible desazón del no saber hacia dónde ir nos termina quemando la cabeza. Si a ese quemadero le sumás ser joven, enferma/o y querer "hacer algo con tu vida" el resultado es un cóctel algo deprimente que no tiene sentido. Sentido tampoco tiene nada de lo que escribo ahora pero necesitaba desahogar por algún lugar y siempre me resultó seductor el sueño de considerarme escritora, narradora de mi historia, de la de los demás. ¿Desde dónde escribimos cuando escribimos? La escritura es tan visceral y tan privada que me parece de valientes animarse a compartir jirones del alma, me da miedo exponer mis emociones, mis pensamientos y mis sueños, pero sin embargo, desde hace días esta sensación no me deja, siento que negarlo no tiene sentido.